Por: María Elena Dávila
Empecé a sentir un malestar difícil de explicar con mi profesión a lo largo de este último año, que coincide con el burnout propio de quienes escuchamos historias duras gran parte de nuestro tiempo, pero también con padecer, como cualquier persona, las grandes contradicciones del mundo contemporáneo. Y he llegado a entender que este malestar se debe a ser parte, involuntariamente, de una farsa colectiva a la que ahora puedo criticar sin miedo a exagerar: la industria de la felicidad (gracias a Happycracia, de Edgar Cabanas, libro que recomiendo).
En la democracia de la felicidad, la terapia bien podría ser una de las profesiones más triviales del mundo. Terapias y terapeutas han proliferado como las motos, las apps, los negocios online y la comida a domicilio. A veces carísimos, a veces baratísimos, ofrecen todo tipo de recetas rápidas sobre cómo ser mejor, alimentarte mejor, tener una mejor vida sexual, mejorar tu relación de pareja, contigo mismo o tu trabajo, sanar el trauma, trabajar tu niño interior, tu masculinidad o feminidad, soltar, liberar, duelar, fluir, procesar, reprogramar, etc. Y así se ha sembrado la idea de que todos podemos ser felices si nos esforzamos, es decir, si cultivamos una predisposición psicológica hacia ser positivos, que aplica de igual manera para el repartidor de Uber como para el CEO de la empresa. Así, sin darnos cuenta, hemos justificado que la política ya no sea social, porque nadie espera que sirva para lo que supuestamente debería servir, como gestionar los recursos y oportunidades. La política más bien se ha convertido en algo terapéutico: es una responsabilidad individual. Si te va mal es que no has trabajado suficientemente tu trauma… Entonces compra más terapia.
La consecuencia de este cambio social es la pretensión de que es posible ser felices al margen de las condiciones en que vivimos y de las que dependemos ─como tener o no trabajo, derechos o techo y poder pagar las cuentas ─, que todo es cuestión de técnicas y herramientas fáciles para sentirte mejor. Y estas son las técnicas y herramientas que, justamente, vende la industria multimillonaria de la felicidad. El complejo de Edipo pasó de moda, ahora es central el apego ansioso o el sistema nervioso en supervivencia que necesita reseteo con técnicas de Liven, la app que me inunda de publicidad cada vez que abro el celular.
La fe en que la felicidad depende de la autoestima y la resiliencia, de la inteligencia emocional o la autenticidad, ha conseguido que dejemos de reconocer que existen grandes problemas fundamentales, como la desigualdad cada vez más extrema, la explotación normalizada del trabajo y la inseguridad como fondo permanente de nuestra existencia, no solo por la violencia delictiva, sino porque no sabemos si mañana podremos poner gasolina al auto o no.
Como terapeuta lo digo: no existe ciencia ni tecnología psicológica para asistir exitosamente a todos los niños y adolescentes severamente deprimidos, suicidas y tristes en grados sin precedentes; ni para dar esperanza a las personas solas y aisladas; ni para dar seguridad y consuelo a los desempleados; ni para valorar a quienes se sienten desperdiciados y despojados de sus capacidades; ni para animar a los jóvenes con un futuro de oportunidades. Más terapia, autoayuda o retiros no suplantan la política social. Lo terapéutico debe volver al psiquismo y dejar de vender humo.